Mujeres en el Deporte: entre la resistencia y la invisibilización
Durante décadas, el deporte ha sido uno de los escenarios donde más fuertemente se han reforzado las divisiones de género. Desde los estereotipos que asocian la fuerza y la competitividad con lo masculino, hasta la exclusión sistemática de las mujeres de espacios de poder y visibilidad, las desigualdades de género persisten con fuerza. Sin embargo, también es en estos espacios donde emergen resistencias y se construyen nuevas formas de ser mujer, como lo demuestran diversas investigaciones realizadas en el contexto argentino.
Uno de los campos donde estas tensiones se hacen más visibles es el fútbol. En “Una mujer en campo masculino y la identidad de género”, Soto Lago analiza cómo la participación femenina en este deporte implica mucho más que una simple inclusión: representa una ruptura simbólica con normas históricamente arraigadas. Las mujeres futbolistas no solo deben entrenar y competir; también tienen que “autorizarse” para habitar un campo que les fue negado. En este proceso, enfrentan una doble exigencia: demostrar constantemente que “son buenas” para ser tomadas en serio y, al mismo tiempo, justificar su presencia en un entorno masculinizado.
La identidad de género, en este contexto, se vuelve una zona de disputa. Las futbolistas deben moverse entre las expectativas culturales de feminidad y las demandas del rol de “jugadora”. A menudo, enfrentan prejuicios que asocian su práctica con la pérdida de feminidad o con determinadas orientaciones sexuales, como si el hecho de jugar al fútbol cuestionara no solo normas deportivas, sino también normas sociales.
Desde una mirada más amplia, el texto “Una socia antropóloga interroga al fútbol y al género”, también de Soto Lago, propone un análisis desde la antropología feminista. Aquí se muestra cómo el fútbol, lejos de ser un simple pasatiempo o espectáculo, funciona como un espacio de reproducción (y potencial transformación) de identidades de género. La cultura futbolera se construyó sobre valores tradicionalmente masculinos: fuerza, aguante, rudeza, liderazgo. Y, en ese marco, las mujeres quedaron relegadas a roles pasivos o decorativos: porristas, acompañantes, esposas.
Incluso hoy, cuando muchas mujeres se abren paso como entrenadoras, periodistas o dirigentes, siguen enfrentando micromachismos, invisibilización o deslegitimación. El acceso equitativo no se reduce a permitir que jueguen, sino que implica garantizar condiciones materiales, simbólicas y estructurales para su desarrollo y participación en igualdad de condiciones.
Esta mirada crítica se complementa con la investigación de Nemesia Hijos en “Abordaje sobre género y deporte en Argentina” (CONICET), que ofrece una perspectiva estructural y cuantitativa. Los datos muestran con contundencia la desigualdad: hasta 2019, menos del 8% de las futbolistas de primera división en Argentina eran profesionales; la mayoría de los cargos en federaciones y clubes están ocupados por varones; y la cobertura mediática de las mujeres deportistas es marginal.
Además, introduce el concepto de interseccionalidad: no todas las mujeres enfrentan las mismas barreras. La discriminación se profundiza si la deportista también pertenece a sectores pobres, es migrante o forma parte de una minoría racial. Así, el reclamo por equidad se vuelve más complejo y urgente: no se trata solo de permitir jugar, sino de garantizar visibilidad, reconocimiento y condiciones dignas.
En conclusión, hablar del género femenino en el deporte es hablar de una lucha histórica que sigue vigente. Las mujeres que se animan a ocupar estos espacios no solo desafían normas deportivas, sino también estructuras sociales, culturales y simbólicas. El deporte, lejos de ser neutral, es un terreno político. Y en esa cancha, las mujeres no solo juegan: resisten, incomodan, transforman.
Comentarios
Publicar un comentario