futbol sin visitantes
El fútbol
sin visitantes, una ausencia que ya se volvió costumbre
Hace más de una
década que en el fútbol argentino se juega sin público visitante. La postal se
repite fin de semana tras fin de semana: una tribuna vacía, un solo grupo de
hinchas cantando, una fiesta a medias. En los clásicos, la escena se siente
todavía más rara. No hay cargadas desde la otra tribuna, no hay banderas
cruzadas, ni ese clima de tensión que alguna vez fue parte del ritual. El rival
más allá del césped simplemente, no está.
La medida, que
en su momento se tomó como una solución de emergencia tras episodios de
violencia, parece haberse instalado como algo natural. Tan así, que muchos
chicos nunca vieron un futbol con visitantes. Hay hinchas que incluso lo
repiten con resignación: “con visitantes no se puede”. Pero ¿cómo llegamos a
este punto? ¿Por qué dejamos de compartir tribuna con el otro?
Para
entenderlo, no alcanza con hablar solamente de barras o mafias. Claro que
existen, y claro que tienen un rol importante. Pero también hay que mirar más
allá, hacia la cultura futbolera que se fue construyendo con el pasar de los
años..
Pablo
Alabarces, sociólogo argentino especializado en cultura popular y deporte,
viene estudiando este fenómeno desde hace años. Y plantea una idea incómoda,
pero necesaria: la prohibición de visitantes no es solo una medida de
seguridad, sino también un reflejo de una cultura futbolera que se deformó. Lo
que en otros países es una rivalidad fuerte pero contenida, en Argentina se
volvió una lógica de confrontación constante.
Según
Alabarces, buena parte de esa lógica está atravesada por el concepto de
“aguante”. Pero no como una forma sana de alentar, sino como un sistema
simbólico donde lo que importa es demostrar fuerza, fidelidad, resistencia. El
hincha que más aguanta —el que no abandona, el que se banca la derrota, el que
se pelea si hace falta— es el que más prestigio tiene. La pertenencia se gana
en la adversidad, y muchas veces, en la violencia.
Esa idea, dice
Alabarces, no nació de un día para el otro. Es un fenómeno social que se fue
construyendo con el tiempo, en paralelo al deterioro de otros espacios de
identidad. Cuando el trabajo o la política dejaron de ofrecer pertenencia o
respeto, la tribuna ocupó ese lugar. Y dentro de esa lógica, el otro —el
visitante— no es alguien con quien compartir el juego, sino alguien que pone en
riesgo ese territorio simbólico que se defiende con todo.
“El aguante es
una forma de mostrar que uno existe”, explica Alabarces. Y eso, en un país
atravesado por desigualdades, por frustraciones acumuladas, puede ser muy
poderoso… y muy peligroso. Por eso, para él, la violencia no es un exceso: es
parte del guion. No un error del sistema, sino uno de sus productos.
Hoy, los
partidos son más seguros, sí. Pero también son más fríos. Al fútbol argentino
le falta algo: le falta contrapunto, le falta el otro. Y esa ausencia no solo
afecta al espectáculo, sino que también dice mucho de cómo estamos como
sociedad. Porque si no podemos compartir una cancha durante noventa minutos, ¿qué nos queda?
Volver a
permitir visitantes no es una decisión simple. Requiere cambios estructurales,
controles reales y, sobre todo, un cambio de mentalidad. No alcanza con
reforzar operativos ni instalar más cámaras. Hace falta revisar cómo vivimos el
fútbol, qué cosas damos por normales y cuáles queremos cambiar. Hace falta
—como sugiere Alabarces— entender que la pasión sin límites no siempre es
virtud, y que el respeto también puede ser parte del folclore.
Por ahora, la tribuna visitante sigue vacía. El silencio se volvió parte del paisaje. Y mientras tanto, se siguen jugando partidos que, aunque completos en el reglamento, están incompletos en la esencia.
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