Deporte y Política, una relación inquebrantable
Durante décadas, se intentó instalar la idea de que el deporte —y en especial el fútbol— debía mantenerse al margen de la política, como si se tratara de un espacio “puro”, ajeno a los intereses del poder. Sin embargo, la historia y la realidad actual nos muestran todo lo contrario: el deporte nunca ha sido neutral. Es un terreno profundamente político, donde se juegan identidades, se construyen relatos nacionales y se ejercen formas de control o resistencia. No se trata solo de lo que pasa en una cancha, sino de lo que ocurre alrededor de ella. Los gobiernos han utilizado históricamente el deporte como herramienta de propaganda, manipulación y legitimación. Y no es necesario remontarse muy lejos para encontrar ejemplos.
Fútbol y poder: historia de una alianza
Uno de los casos más emblemáticos es el del Mundial de 1978 en Argentina, organizado en plena dictadura militar. Mientras en los centros clandestinos se torturaba y desaparecía gente, en los estadios se coreaban goles que pretendían tapar el horror. El torneo fue usado como una vitrina de estabilidad internacional, una fachada detrás de la cual se ocultaban violaciones sistemáticas a los derechos humanos. La Copa del Mundo se convirtió en un espectáculo cuidadosamente orquestado para distraer, calmar y convencer tanto al público nacional como al internacional.
Otro ejemplo elocuente es el de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, organizados por el régimen nazi. Adolf Hitler convirtió el evento en una gran puesta en escena del poderío alemán, apelando a la estética, el orden y la simbología nacionalista. Aunque la victoria del atleta afrodescendiente Jesse Owens se convirtió en un símbolo de resistencia, el evento fue una muestra clara de cómo los gobiernos pueden usar el deporte como escudo ideológico.
En tiempos recientes, fenómenos como los mundiales en Rusia 2018 y Qatar 2022 pusieron en agenda el concepto de sportswashing: el uso de grandes eventos deportivos para “lavar” la imagen de regímenes autoritarios o para tapar problemáticas internas graves, como violaciones de derechos laborales o restricciones a la libertad de expresión.
El mito de la neutralidad
Sostener que el deporte es “apolítico” es desconocer su enorme capacidad de movilización social. El fútbol, por ejemplo, es uno de los principales productores de identidad en nuestras sociedades. Basta ver cómo se agitan las banderas, cómo se cantan los himnos o cómo se reavivan los nacionalismos durante cada Copa del Mundo. Esa emoción colectiva no es ingenua ni superficial: está cargada de símbolos, discursos y narrativas que los Estados saben aprovechar.
No se trata de demonizar el deporte, sino de reconocer que es un campo atravesado por intereses económicos, mediáticos, estatales, culturales. Y eso incluye tanto su uso por parte del poder como su potencial de denuncia.
De hecho, el mismo terreno que se utiliza para exaltar discursos oficialistas también puede convertirse en un espacio de protesta. Atletas que se arrodillan antes de los partidos, jugadoras que denuncian desigualdades de género, deportistas que visibilizan causas ambientales o raciales, nos muestran que el deporte también puede ser un espacio de resistencia simbólica y política.
Control social y emoción colectiva
Uno de los mecanismos más efectivos del deporte es su capacidad de generar emociones profundas. La alegría de un gol, la tristeza de una derrota, la euforia del campeonato: todas son vivencias que se comparten a nivel masivo. Esa emocionalidad es una vía poderosa para generar identificación, y también para desviar la atención de otras problemáticas.
Muchos gobiernos lo han entendido así. En contextos de crisis económica, inestabilidad política o represión social, el deporte aparece como una válvula de escape. La agenda mediática se inunda de análisis tácticos, rankings, goles y polémicas arbitrales, mientras otras discusiones —más incómodas o urgentes— se diluyen.
Pero esta no es una lógica nueva. Ya en la antigua Roma se hablaba del “pan y circo” como fórmula para controlar al pueblo. El deporte, con su capacidad de entretener, emocionar y unir, es una forma de “circo” moderno, que puede ser inocente o funcional al poder, según cómo se lo use.
Frente a este panorama, la respuesta no puede ser el desencanto ni el rechazo. Por el contrario, lo que se impone es una mirada crítica, comprometida, capaz de reconocer que el deporte es un fenómeno cultural y político de enorme valor, pero que no puede analizarse fuera del contexto social en el que se desarrolla.
El desafío está en no caer en la ingenuidad de pensar que lo que pasa dentro de una cancha está separado del mundo. Las canchas están en barrios, los clubes están en comunidades, los jugadores tienen historias, y los partidos movilizan masas. Todo eso habla de una dimensión que va mucho más allá del resultado.
Además, si el deporte ha sido históricamente utilizado como herramienta de poder, también puede serlo como vehículo de transformación. Cuando deportistas levantan la voz, cuando los clubes promueven valores inclusivos, cuando los hinchas se organizan para luchar contra la discriminación o para defender causas sociales, el deporte se convierte en una herramienta poderosa de cambio.
Decir que “de la mano del deporte va la política” no es una denuncia, sino una constatación. El deporte no está al margen de la sociedad: es parte de ella, con todo lo que eso implica. Negar su dimensión política es dejar el campo libre para que otros lo usen sin rendir cuentas. En cambio, reconocer su poder simbólico y social nos permite exigir más transparencia, más justicia y más compromiso con los valores que realmente importan.
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